Retrato de Jesséa para el diario sobre relaciones
Diarios de La Mirada

A veces no elegimos una persona.

Elegimos un lugar conocido.

Diario

Nunca me había preguntado por qué empezamos una relación.

Cuando conocía a un hombre simplemente ocurría. Si me hacía sentir bien, si había ilusión o una conversación que me despertaba curiosidad, dejaba que la historia comenzara. Nunca me pregunté qué era exactamente lo que estaba eligiendo.

Hoy, con cuarenta y tres años, esa pregunta aparece de una forma muy distinta.

Durante los dos últimos años he sentido la necesidad de detener mi vida y observarla como quien coloca todas las piezas de un puzle sobre una mesa. Mi infancia. Mis relaciones. Mis decisiones. Mis fracasos. Incluso aquello que durante años preferí no recordar.

Me he sorprendido buscando un patrón común en todas ellas. No por nostalgia. Sino porque intuía que, si existía un punto de unión, quizá también existiría una salida.

Esta tarde, mientras escribía unas notas, algo hizo clic. Y entendí algo que jamás había visto.

Siempre pensé que mis dos relaciones importantes habían sido completamente diferentes. Hombres distintos. Historias distintas. Conflictos distintos.

Sin embargo, cuando dejé de mirar quiénes eran ellos y empecé a observar quién era yo cuando estaba con ellos, descubrí que la sensación era exactamente la misma.

Las dos relaciones comenzaron siendo bonitas. Había ilusión. Había ternura. Había esa esperanza silenciosa que aparece cuando una cree que, esta vez, quizá será diferente.

Pero con el tiempo ocurrió algo. Empecé a protegerme. A pensar antes de hablar. A medir mis palabras. A observar el estado emocional del otro antes de expresar el mío. A evitar determinados temas para no provocar una discusión.

A reducirme un poco. Después otro poco. Y otro más.

Hasta que un día me di cuenta de que ya no sabía dónde terminaba la relación y dónde empezaba yo.

Entonces apareció una pregunta incómoda. ¿Por qué siempre terminaba sintiéndome igual?

La respuesta no estaba en mis parejas. Estaba mucho más atrás.

Mi padre era alcohólico. Vivía enfadado con el mundo. Y una niña aprende muy deprisa a sobrevivir.

Aprende que una puerta al cerrarse puede significar muchas cosas. Aprende a reconocer un silencio. Aprende a distinguir una respiración. Aprende a leer una mirada antes incluso de entender las palabras.

Yo aprendí a moverme despacio. A no hacer ruido. A no destacar demasiado. A desaparecer cuando intuía que aquella noche era mejor no existir.

Pero, sobre todo, aprendí una forma de protección que durante muchos años confundí con madurez.

Callarme. Ver. Escuchar. Adaptarme.

Y cuando ya no podía sostener todo aquello... llorar sola.

Con el paso de los años pensé que esa niña había quedado atrás. Pensé que crecer consistía simplemente en abandonar la casa donde ocurrió todo.

Pero el cuerpo no abandona tan fácilmente los lugares donde aprendió a sobrevivir. El cuerpo memoriza. Y después busca.

No busca personas. Busca sensaciones conocidas.

Por eso hoy creo que nunca elegí hombres parecidos a mi padre. Elegí relaciones que despertaban en mí la misma necesidad de protegerme.

Y eso cambia completamente la historia. Porque deja de tratarse de ellos. Y empieza a tratarse de mí.

Empieza a tratarse de una niña que aprendió que amar también significaba contenerse. Que hablar podía tener consecuencias. Que mostrarse demasiado podía ser peligroso.

Y, sin darme cuenta, seguí intentando construir amor desde ese mismo lugar.

Hoy ya no quiero eso. No quiero una relación donde tenga que calcular cada palabra. No quiero un vínculo en el que la paz dependa de que yo desaparezca un poco. No quiero volver a confundir adaptación con amor.

Quiero algo infinitamente más sencillo.

Quiero sentirme segura. Quiero poder decir lo que pienso sin miedo. Quiero que mi vulnerabilidad no sea un problema que deba esconder, sino un lugar donde alguien decida quedarse conmigo.

Quiero una relación donde no tenga que demostrar constantemente que merezco ser querida. Donde el cariño no sea un premio. Donde el amor no haya que conquistarlo cada día.

Quizá eso sea crecer. No encontrar a alguien diferente. Sino dejar de necesitar sobrevivir dentro del amor.

Después de escribir todo esto cerré el cuaderno y me quedé varios minutos mirando la última frase. Porque sentí que no solo hablaba de mis relaciones. Hablaba de mi vida entera.

¿Cuántas veces creemos que estamos eligiendo a una persona... cuando, en realidad, seguimos intentando proteger a la niña que un día aprendió a sobrevivir?

Los Diarios de La Mirada no buscan enseñar. Son experiencias compartidas con honestidad para que, al leerlas, también puedas encontrar una parte de tu propia historia.

Volver a los diarios