Retrato en blanco y negro de Jesséa
Diarios de La Mirada

La enfermedad que me enseñó a quererme.

Una historia personal sobre el cuerpo, el cuidado y la dulzura.

Diario

Siempre he creído que todo tiene un porqué.

Pero cuando era muy pequeña me diagnosticaron diabetes tipo 1 y, durante muchos años, ese porqué no lo encontré.

No entendía por qué me había tocado a mí.

Solo sabía que, desde aquel momento, mi cuerpo necesitaba una atención constante que yo muchas veces vivía como una obligación.

Medir. Controlar. Calcular. Prever.

Mientras otras personas podían olvidarse de su cuerpo, yo tenía que estar pendiente del mío. Y quizá por eso, en lugar de aprender a escucharlo, acabé acostumbrándome a exigirle.

Durante años maltraté mi cuerpo.

Lo puse al límite en infinidad de ocasiones. Me creí más fuerte que la enfermedad. Pensaba que podía seguir adelante sin detenerme, ignorando señales, necesidades y cansancio.

No era valentía.

Era inconsciencia.

No comprendía que, mientras yo intentaba demostrar que podía con todo, mi cuerpo estaba pidiéndome otra cosa.

Atención.
Cuidado.
Descanso.
Amor.

Mi falta de cuidado no afectaba únicamente a mi salud. También condicionaba mi energía, mis decisiones, mis relaciones, mi trabajo, mis deseos y mi futuro.

Porque cuando una parte de ti está intentando sobrevivir, no siempre queda espacio para vivir de verdad.

Durante mucho tiempo no me amé lo suficiente como para parar y escuchar lo que mi cuerpo necesitaba.

No porque no supiera cuidarme. Sabía perfectamente lo que tenía que hacer.

Pero conocer las indicaciones no significa haber aprendido a tratarte con amor.

Puedes controlar una enfermedad y, al mismo tiempo, seguir abandonándote.

Puedes hacerlo todo correctamente y hablarte desde la dureza.

Puedes cuidar los números mientras ignoras a la persona que hay detrás de ellos.

Yo lo hice durante muchos años.

La dulzura que no sabía darme

Con el tiempo empecé a comprender algo.

No digo que la diabetes apareciera porque me faltara dulzura ni que una enfermedad tenga una explicación emocional. Esta es mi experiencia personal, no una afirmación médica.

Pero la diabetes sí me hizo comprender la importancia de la dulzura con la que me trato a mí misma.

Me obligó a mirar la relación que tenía con mi cuerpo.

A preguntarme por qué podía atender a todo el mundo y olvidarme de mí. Por qué encontraba tiempo para las necesidades de los demás, pero negociaba continuamente con las mías.

Por qué esperaba llegar al límite para cuidarme.

Quizá durante mucho tiempo pensé que quererme consistía en gustarme, sentirme segura o aceptar mi imagen.

Ahora sé que también es algo mucho más cotidiano.

Quererme es no ignorar lo que mi cuerpo me está diciendo.

Es cuidarme incluso cuando nadie me ve.

Es dejar de posponerme.

Es elegir alimentos que me hacen bien, respetar mis tiempos y entender que atender mi salud no es un castigo ni una limitación.

Es una forma de amor propio.

La máquina más perfecta que existe

Nunca le di suficiente importancia a la máquina más perfecta que existe: mi propio cuerpo.

Vivía dentro de él, pero no lo habitaba.

Lo juzgaba, lo exigía y me enfadaba cuando no respondía como yo quería. Sin detenerme a pensar en todo lo que hacía cada día para sostenerme.

Mi cuerpo no era mi enemigo.

Tampoco era algo que debía dominar.

Era el lugar que llevaba toda mi vida intentando mantenerme con vida, incluso cuando yo no sabía cuidarlo.

Gracias a esta enfermedad he empezado a conocer una maquinaria extraordinaria.

Un cuerpo que avisa.
Que compensa.
Que intenta adaptarse.
Que necesita equilibrio.
Que me habla constantemente, aunque yo haya tardado años en aprender a escucharlo.

También he comprendido que vivir con salud no significa vivir sin enfermedad.

Para mí significa vivir con conciencia.

Estar presente.

Elegir cuidarme antes de llegar al límite.

Entender que no soy invencible, pero tampoco soy únicamente una enfermedad.

Tengo un cuerpo imperfecto y extraordinario.

Y tengo una mente brillante que también necesita aprender a trabajar a favor de mi vida, no en contra de ella.

Vivir sin abandonarme

La diabetes ha limitado algunas cosas, sí.

Pero durante mucho tiempo fui yo quien permitió que mi falta de conciencia limitara mucho más: mi pasión, mi salud, mis relaciones y la vida que podía construir.

Hoy ya no quiero demostrar que puedo con todo.

Quiero aprender a sostenerme.

Quiero vivir concentrada en mí, en mi salud y en mi vida, sin sentir que hacerlo es egoísmo.

Quiero mirar hacia lo más esencial: el alimento, el agua, el aire, el descanso, el movimiento, la tierra y el cuerpo que me permite experimentarlo todo.

No siempre puedo elegir lo que me ocurre.

Pero sí puedo decidir cómo me acompaño mientras lo atravieso.

Y quizá ese era el aprendizaje que durante tantos años no conseguía ver.

La enfermedad no vino a enseñarme que mi cuerpo era débil.

Me enseñó que yo también necesitaba ser cuidada.

Por mí.

Lo que aprendí

Cuando vivo cuidándome, la enfermedad deja de ocupar toda mi identidad. No desaparece, pero yo vuelvo a aparecer.

Cuidarme ya no es una obligación que me recuerda que estoy enferma. Es la forma en la que decido no volver a abandonarme.

Volver a los diarios