Mujer ante dos caminos: un aeropuerto y un teatro
Diario

¿Y si la coherencia también fuera una forma de espiritualidad?

“La emoción no decide. Solo propone.”
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Siempre admiré a esas personas que saben perfectamente qué necesitan hacer.

Saben que deberían poner un límite.
Que deberían cuidar su cuerpo.
Que deberían marcharse de esa relación.
Que deberían empezar ese proyecto.

Pero también las hay, como yo, que, aun así, hacen exactamente lo contrario.

No porque les falte información.

Porque, durante unos minutos, una emoción decidió por ellas.

Visto de esta manera, podríamos pensar que estamos siendo coherentes con lo que sentimos. Pero entonces me surge una pregunta.

¿Estamos reaccionando en coherencia con nuestras necesidades… o en coherencia con nuestras emociones?

Echando la vista atrás y recordando algunas de las decisiones que cambiaron mi vida, muchas veces me he preguntado qué habría pasado si, en el momento en que apareció la emoción, me hubiera detenido unos segundos. Si la hubiera observado. Si hubiera dirigido toda esa energía hacia el lugar al que realmente quería ir.

Con dieciocho años tuve miedo a moverme sola laboralmente y a ser independiente dentro de una profesión donde reina el egocentrismo y la individualidad de cada artista. Ese miedo terminó llevándome a salir de mi país y a trabajar durante dos años en Alemania, protegida y dirigida por otras personas.

Volví enferma y con una depresión.

No voy a decir que toda aquella experiencia fuera negativa. Salir de tu país, alejarte de tu casa, conocer otras culturas y convivir con personas diferentes amplía la mirada de una forma que difícilmente ocurre dentro de tu zona de confort.

Pero, siendo sincera, yo no quería ese camino.

Yo quería otro lugar.
Otro trabajo.
Otro escenario.

En aquel momento fue el miedo quien eligió la dirección.

Con el tiempo comprendí que quizá el problema nunca había sido el miedo.

El miedo solo hacía aquello para lo que existe: intentar protegerme.

La rabia intenta defender algo.
La tristeza pide detenerse.
La alegría invita a seguir.

Cada emoción trae consigo una enorme cantidad de energía.

Lo que nunca me había preguntado era por qué esa energía terminaba siempre en el mismo lugar, en el lado contrario al que mi corazón deseaba ir.

Fue entonces cuando entendí algo que cambió mi manera de mirar.

La emoción no decide. Solo propone.

La decisión aparece unos segundos después.

Y en ese pequeño espacio, casi invisible, existe una posibilidad.

La posibilidad de reaccionar como siempre…

…o de preguntarte:

¿Esta reacción me acerca a la vida que quiero construir… o solo calma la emoción que estoy sintiendo ahora mismo?

Quizá ahí empiece la coherencia.

No cuando desaparece el miedo.
No cuando dejas de sentir rabia.
No cuando consigues vivir siempre en calma.

Sino cuando esas emociones dejan de llevar el volante de tu vida.

Porque la coherencia no sería no sentir miedo, rabia o tristeza.

Sería dejar de entregarles el volante y empezar a conducir esa energía hacia aquello que realmente quieres construir.

Y entonces apareció otra pregunta que todavía hoy sigue acompañándome.

¿Y si la espiritualidad no consistiera en sentir paz… sino en aprender a dirigir la energía de nuestras emociones hacia la vida que realmente queremos vivir?

Al fin y al cabo, vivir en paz, vivir en el miedo o vivir en la tristeza sigue siendo una decisión. Tú decides dónde posicionarte y qué hacer con esas emociones que brotan a través de las circunstancias de la vida.

Así que mi reflexión es clara: donde hay conciencia, hay coherencia.

Los Diarios de La Mirada no buscan enseñar. Son memorias vivas: experiencias compartidas con honestidad para que, al leerlas, también puedas encontrarte.

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