Retrato de Jesséa para el diario Cuerpo sano, mente agotada
Diario

¿Cuerpo sano,
mente agotada?

“También existe una forma de perseguir un cuerpo sano que puede terminar agotando la mente.”
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Llevo un tiempo intentando poner estructura en mi vida, en mis rutinas y en mi día a día.

Algo que parece sencillo cuando lo lees en un libro o escuchas a alguien explicarlo, pero que resulta bastante más difícil cuando tu vida está transformándose cada dos días. Todo cambia tan deprisa que, a veces, antes de acostumbrarme a una nueva realidad, ya estoy entrando en la siguiente.

Y vivir así puede resultar abrumador.

Intento cuidarme. Quiero alimentarme mejor, entrenar, descansar y controlar mi diabetes. Quiero recuperar fuerza, sentirme bien con mi cuerpo y construir unos hábitos que pueda mantener.

Pero actualmente existe tanta información, tantas técnicas y tantos métodos diferentes que cuidarse también puede convertirse en otra fuente de agotamiento.

¿Estas vitaminas serán adecuadas para mí?
¿Me irá bien este tipo de entrenamiento?
¿Debería reducir los carbohidratos?
¿Necesito aumentar el ejercicio de fuerza?
¿Estoy haciendo suficiente?

Hay que reconocer que herramientas existen muchísimas. Tenemos aplicaciones, nutricionistas, entrenadores, suplementos, dietas, relojes que miden nuestros pasos y métodos que prometen enseñarnos a vivir mejor.

Podría parecer que quien no se cuida es porque no quiere.

Pero esa afirmación se queda muy lejos de la realidad de muchas personas.

Porque tener información no significa tener siempre la energía, el tiempo o la capacidad mental para aplicarla. Y cuando intentas avanzar llevando a cuestas una vida que cambia cada cinco minutos, incluso cuidarte puede llegar a sentirse como una obligación más que debes cumplir correctamente.

Pasan los días. Intento hacerlo todo bien y, aun así, fallo.

Fallo en el control de mi enfermedad.

Fallo en la alimentación.

Fallo en las metas que me había propuesto.

Fallo en las rutinas que quería mantener.

Y también siento que fallo cuando no tengo la paciencia suficiente para educar y transmitirle a mi hijo todos los valores que me gustaría enseñarle.

Entonces aparece una mezcla extraña de frustración y cansancio. No solamente físico. También mental.

Porque no se trata únicamente de hacer ejercicio o preparar una comida saludable. Se trata de pensar constantemente en todo lo que debería estar haciendo, en aquello que no he conseguido cumplir y en lo que todavía queda pendiente.

¿Lo estaré haciendo bien?
¿Será el fallo una parte inevitable del camino hacia el lugar al que quiero llegar?

Me niego a pensar que no puedo.

Me niego a creer que no soy suficiente.

Me cuesta aceptar que otras personas puedan conseguirlo y yo no.

Sin embargo, también empiezo a preguntarme si esa manera de exigirme avanzar puede acabar perjudicándome más de lo que me ayuda. Si mi empeño por demostrarme que puedo con todo está dejando algún espacio para reconocer que soy un ser humano intentando sostener su propia historia.

Una historia que no se parece a la de quien tengo al lado.

Porque no todos partimos del mismo lugar, tenemos las mismas responsabilidades ni atravesamos los mismos cambios. Comparar mis resultados con los de otra persona sin tener en cuenta todo lo que existe detrás de nuestras vidas quizá sea otra forma de ignorarme.

No quiero utilizar mis circunstancias como una excusa para abandonar lo que deseo. Pero tampoco quiero emplear mis deseos como un arma para castigarme cada vez que no puedo cumplirlo todo.

Tal vez aceptar mis límites no significa renunciar.

Tal vez reconocer mis errores no significa convertirme en un fracaso.

Puede que cuidarme no consista en hacerlo todo perfectamente, sino en aprender a distinguir cuándo necesito insistir y cuándo necesito dejar de exigirme.

Porque también existe una forma de perseguir un cuerpo sano que puede terminar agotando la mente.

Y entonces aparece una contradicción difícil de ignorar: hago ejercicio para sentirme mejor, controlo mi alimentación para cuidar mi salud, organizo mi vida para encontrar tranquilidad… pero puedo acabar viviendo cada uno de esos intentos desde la presión, la culpa y la sensación de no llegar nunca.

Quizá el verdadero cuidado no esté solamente en aquello que hago por mi cuerpo.

Quizá también esté en la forma en la que me trato cuando fallo.

Sigo queriendo avanzar. Sigo queriendo construir rutinas, mejorar mi salud, cuidar mi enfermedad y sentirme más fuerte. No quiero dejar de intentarlo.

Pero tampoco quiero olvidar que estoy hecha de aciertos, fallos, límites y contradicciones.

Y que quizá cuidar de mí también implique aceptar que no todos los días podré con todo.

Por eso hoy no me pregunto únicamente qué dieta, entrenamiento o método será mejor para mí.

Me pregunto algo más difícil:

¿Me estoy cuidando para vivir mejor o estoy convirtiendo el cuidado en una nueva forma de exigirme que sea perfecta?

Los Diarios de La Mirada no buscan enseñar. Son memorias vivas: experiencias compartidas con honestidad para que, al leerlas, también puedas encontrarte.

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