LA IDENTIDAD EVOLUCIONA. LAS ETIQUETAS NO.
Llevo tiempo queriendo hablar de un tema que, especialmente, me molesta: las etiquetas. Durante mucho tiempo no le di demasiada importancia, pero desde hace un tiempo me doy cuenta de que etiquetar a alguien, al menos en mi caso, me parece bastante absurdo.
Decimos que alguien es feminista o machista, muy femenino o muy masculino, sin saber muchas veces qué significa exactamente ser femenino o masculino. Y yo me pregunto si realmente existe una única forma de serlo, si esas palabras significan lo mismo para todas las personas o si, una vez más, estamos intentando meter realidades muy distintas dentro de una definición demasiado pequeña.
Lo mismo ocurre cuando decimos que alguien es profundo, superficial, tímido, extravagante, descarado, extrovertido, preguntón o pasota. Parece que necesitamos encontrar una palabra que defina a la persona que tenemos delante, como si nombrar una característica fuera suficiente para comprenderla por completo.
Pues bien, yo siempre respondo lo mismo: depende de las circunstancias. Depende del contexto, del lugar, de las personas que tenga delante, de cómo me sienta y de aquello que esté viviendo en ese momento.
Puedo ser muy tímida en una situación y, en otra, convertirme en la persona más extrovertida del entorno. En algunas ocasiones puedo ser la más divertida del lugar y, en otras, probablemente la más aburrida. Puedo hablar muchísimo cuando me siento cómoda y permanecer completamente en silencio cuando no encuentro mi sitio. Puedo mostrarme segura en un espacio y sentirme pequeña en otro.
Entonces, ¿qué soy? ¿Divertida o aburrida? ¿Tímida o extrovertida? ¿Segura o insegura? ¿Profunda o superficial?
Probablemente pueda ser todas esas cosas, porque ninguna de ellas me define por completo. Solo explican cómo he reaccionado en un momento determinado, dentro de unas circunstancias concretas.
Por eso me resulta tan absurdo ese empeño en colocar una palabra sobre alguien y actuar después como si esa palabra pudiera explicarlo todo. Una etiqueta puede describir una conducta, una etapa o una parte de nosotros, pero no puede contener la complejidad de una persona entera.
Sin embargo, cada vez parece que necesitamos etiquetarlo todo más deprisa.
Abrimos las redes sociales y encontramos definiciones constantes sobre cómo es una persona segura, una persona intensa, una persona evitativa, una persona narcisista, una persona espiritual, una persona tóxica, una persona de alta vibración, una persona herida o una persona que todavía no ha sanado.
Y no digo que esas palabras no puedan ayudarnos a comprender ciertas experiencias. A veces una palabra ordena algo que antes solo era confusión. A veces nombrar una dinámica nos permite verla con más claridad.
Pero también me pregunto cuántas veces utilizamos esas palabras demasiado rápido.
Cuántas veces llamamos fría a una persona que simplemente no se siente segura. Cuántas veces llamamos intensa a alguien que está intentando ser escuchado. Cuántas veces llamamos distante a quien está protegiéndose. Cuántas veces llamamos fuerte a alguien que, en realidad, no sabe cómo pedir ayuda.
También etiquetamos a las personas por el lugar que ocupan en nuestra vida.
La hija responsable.
La madre fuerte.
El amigo divertido.
La persona complicada.
La que siempre puede.
La que nunca cambia.
La que exagera.
La que piensa demasiado.
La que no siente.
La que siente demasiado.
Y quizá alguna de esas palabras describió algo real en algún momento. Pero una etapa no debería convertirse en una identidad definitiva.
Porque una persona puede haber sido callada durante años y empezar a encontrar su voz. Puede haber sido complaciente y aprender a poner límites. Puede haber parecido segura y estar atravesando una época de miedo. Puede haber vivido desde la dureza y empezar a descubrir otra forma de tratarse.
No somos siempre la misma persona en todos los lugares.
No somos iguales en una comida familiar que en una entrevista de trabajo. No somos iguales con alguien que nos hace sentir en calma que con alguien que nos activa una herida. No somos iguales cuando estamos descansados que cuando llevamos meses sosteniendo demasiado.
El contexto también habla.
La historia también habla.
El momento vital también habla.
Por eso me cuesta aceptar esa necesidad de definir a alguien desde una sola conducta, una sola conversación, una sola etapa o una sola reacción.
Porque a veces no estamos viendo quién es una persona. Estamos viendo cómo se protege, cómo sobrevive, cómo responde ante un entorno concreto o cómo intenta sostener algo que quizá ni siquiera sabemos que está sosteniendo.
Quizá el problema no sean las palabras. Las palabras pueden ayudarnos a comprender, ordenar o explicar ciertas cosas. El problema aparece cuando dejamos de utilizarlas como una posibilidad y empezamos a tratarlas como una sentencia.
Cuando una etiqueta deja de servirnos para observar y empieza a decidir por nosotros quién es la persona que tenemos delante, dejamos de hacer preguntas. Dejamos de escuchar. Dejamos de interesarnos por los matices que no encajan dentro de esa definición.
Porque nadie es solamente tímido, extrovertido, divertido, aburrido, femenino, masculino, profundo o superficial. Somos diferentes según el lugar que ocupamos, las personas que nos rodean, la confianza que sentimos y el momento de nuestra vida en el que nos encontramos.
Somos contradictorios, cambiantes y mucho más amplios que cualquier palabra que intente resumirnos.
Y, además, conocemos a una persona y pretendemos entenderla tomando un café. Queremos decidir en una hora si es tímida, generosa, controladora, divertida, fría o interesante. Yo he sido la primera en hacerlo, pero cada vez me pregunto más si no deberíamos cambiar el contexto antes de sacar conclusiones.
¿Quieres saber cómo se relaciona con el dinero? Id a comer. ¿Quieres saber cómo reacciona cuando se estresa? Compartid un día incómodo o un plan que no salga como esperabais. ¿Quieres saber cómo se comporta con su gente? Acompáñalo a una comida familiar o con amigos.
No conocemos a una persona únicamente por lo que dice de sí misma sentada frente a una mesa. La conocemos observando cómo se mueve en distintos escenarios, porque nadie es una sola forma de ser.
Quizá conocer de verdad a alguien empiece precisamente ahí: cuando dejamos de buscar rápidamente una etiqueta y nos permitimos descubrir todo aquello que no cabe dentro de ella.
Somos seres que evolucionan por naturaleza. Si creemos que una etiqueta nos define para siempre, dejamos de dar espacio a quienes todavía podemos llegar a ser. Porque vinimos a este mundo a ser, a cambiar de opinión, a crecer, a contradecirnos y a permitir que nuestra identidad evolucione con nosotros.
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