Silueta de un niño jugando en la orilla del mar
Diario

La madre que también necesitaba ser abrazada.

Junio de 2015
“Aquel día no solo nació un niño. También nació una madre.”
↓ Scroll

Hay momentos en la vida que no necesitan explicación porque, cuando llegan, sabes que nada volverá a ser igual. Para mí, ese momento fue el nacimiento de mi hijo.

Aquel día no solo nació un niño. También nació una madre. Y, aunque durante mucho tiempo pensé que aquella madre sabía perfectamente lo que estaba haciendo, hoy entiendo que solo era una mujer intentando aprender mientras caminaba.

Recuerdo la primera vez que lo tuve entre mis brazos. Era tan pequeño, tan frágil, que sentí un miedo que nunca antes había conocido. Todo el mundo habla del amor inmenso que aparece cuando nace un hijo, y es verdad. Es un amor difícil de comparar con cualquier otra cosa. Pero casi nadie habla del miedo que llega al mismo tiempo.

De repente entiendes que una persona dependerá de ti para absolutamente todo. Empiezas a hacerte preguntas que nunca antes habían pasado por tu cabeza. Te preguntas si serás suficiente, si sabrás protegerle, si algún día podrías hacerle daño sin querer o si serás realmente la madre que necesita.

Nadie responde esas preguntas. Simplemente aprendes a convivir con ellas mientras sigues adelante.

Y, aun así, si hoy pudiera volver atrás, elegiría exactamente el mismo camino, porque ser madre ha sido el aprendizaje más profundo de toda mi vida. Durante años pensé que era yo quien iba a enseñarle a vivir a mi hijo. Con el tiempo descubrí que, mientras yo intentaba educarle y acompañarle, era él quien estaba transformándome a mí.

Los primeros años fueron intensos. Mi vida no se detuvo cuando fui madre. Todo lo contrario. Seguía yendo de un sitio a otro dando clases de baile, entrando y saliendo de escuelas, preparando coreografías y tratando de mantener una vida profesional que ya no dependía únicamente de mí. Mi hijo me acompañaba siempre que podía, y poco a poco aprendí a organizar toda mi vida alrededor de sus necesidades.

A las clases y al trabajo se sumaban las comidas, la casa, la compra, los horarios, la diabetes, el cansancio y toda la logística de una familia. Había que recordar citas, preparar bolsas, llegar puntual, improvisar soluciones y conseguir que, de alguna manera, todo siguiera funcionando.

Desde fuera parecía que podía con todo. Y, en realidad, yo también necesitaba creerlo.

Me decía que aquello era simplemente el día a día, que al día siguiente todo sería un poco más fácil y que solo había que continuar. Así que continuaba. Con una sonrisa, con fuerza y con la sensación de que una madre debía ser capaz de sostenerlo todo sin detenerse demasiado a pensar en sí misma.

Sin darme cuenta, empecé a dejar pequeñas partes de mí por el camino. No ocurrió de golpe. No hubo un día concreto en el que decidiera renunciar a mis sueños. Simplemente fueron quedando para después. Mis proyectos empezaron a esperar. Mis ilusiones también. El trabajo, que durante años había sido una vocación, fue convirtiéndose poco a poco en una responsabilidad más dentro de una lista interminable de cosas que había que hacer.

Y yo dejé de preguntarme cómo estaba.

Toda mi energía estaba puesta en sostener a mi hijo, una casa, una relación, una enfermedad, un trabajo y la imagen de una mujer fuerte que podía seguir adelante aunque estuviera cansada. Cuando llevas tanto tiempo sosteniendo, llega un momento en el que ya ni siquiera recuerdas cuándo fue la última vez que alguien te sostuvo a ti.

Durante aquellos años había una frase que se repetía constantemente dentro de mi cabeza: «He nacido para ser madre». Y durante mucho tiempo aquella idea fue suficiente. Ver sonreír a mi hijo daba sentido a cualquier renuncia. Pensaba que todo valía la pena. Y sigue valiéndola.

Pero hubo algo que tardé muchos años en atreverme a reconocer.

Mientras cuidaba de todos los que amaba, había una mujer dentro de mí que llevaba demasiado tiempo esperando. No esperaba una vida diferente ni quería dejar de ser madre. Solo necesitaba sentir que también había un lugar para ella dentro de la vida que estaba construyendo.

Esa mujer necesitaba un abrazo.

No uno cualquiera, sino uno de esos abrazos en los que puedes dejar de ser fuerte durante unos minutos. Un abrazo en el que no tienes que explicar nada, demostrar nada ni fingir que puedes con todo. Uno en el que alguien te mire a los ojos y te diga que lo estás haciendo bien, que puedes confiar y que no estás sola.

Nunca tuve ese abrazo.

Y quizá por eso tardé tanto en comprender que las madres también necesitan ser cuidadas. También sienten miedo, también dudan, también se cansan y también necesitan descansar sin sentir que están fallando a alguien.

Durante mucho tiempo confundí ser una buena madre con estar siempre disponible. Pensaba que cuidar significaba anticiparme a todo, resolver cada problema y no permitir que nada se desordenara. No entendía que cuidarme a mí también formaba parte de cuidar a mi hijo.

Ahora sé que un hijo no necesita una madre perfecta. Necesita una madre presente, una madre capaz de escuchar, de equivocarse, de pedir perdón y de reconocer cuando está cansada. Una madre que pueda mostrarle que la fortaleza no consiste en esconder lo que siente, sino en poder compartirlo sin vergüenza.

Hoy mi hijo está entrando en la adolescencia. Cuando lo miro siento un orgullo difícil de explicar. No porque sea perfecto, sino porque es un niño bueno, con una sensibilidad enorme y una luz que deseo que nunca pierda.

A veces lo observo y sonrío al pensar que, sin saberlo, se ha convertido en mi compañero de viaje. Durante años creí que era yo quien estaba enseñándole a vivir. Hoy sé que él también ha venido a enseñarme a mí.

Me ha enseñado hasta dónde soy capaz de amar y hasta dónde puedo sostener. Pero, sobre todo, me ha enseñado que una madre no deja de ser mujer cuando tiene un hijo. Sigue teniendo sueños, miedos, necesidades y una vida propia que también merece ser escuchada.

No quiero que mi hijo aprenda que amar significa olvidarse de uno mismo. No quiero que piense que cuidar consiste en callar lo que duele o en esconder el cansancio para no preocupar a los demás. Quiero que aprenda que también existe amor cuando compartimos nuestros miedos, cuando pedimos ayuda y cuando nos permitimos recibir el mismo cuidado que ofrecemos.

Porque mi hijo necesitaba una madre. Pero aquella madre también necesitaba ser abrazada.

¿Y si la mayor carga que un hijo termina sosteniendo no son los errores de sus padres... sino todos los abrazos que nunca se dieron, todos los miedos que nunca compartieron y todas las lágrimas que aprendieron a esconder?

Los Diarios de La Mirada no buscan enseñar. Son memorias vivas: experiencias compartidas con honestidad para que, al leerlas, también puedas encontrarte.

Volver a los diarios