Una de las cosas que más me ayudó durante mi infancia y mi juventud a poner orden y foco en mi cabeza fue la danza. No sabría explicar con exactitud cuánto me ayudó aquella pasión. Aún hoy sigue haciéndolo, aunque bajo otra identidad y desde un lugar diferente en mi vida.
Cuando tenía doce años fui al teatro a ver al Ballet Andaluz. Entre el elenco bailaba mi primo Valeriano Paños, un grandísimo profesional. Todavía recuerdo aquella noche. No sabía qué estaba sucediendo dentro de mí, pero todos mis pensamientos y todo mi cuerpo estaban completamente atrapados por aquel espectáculo. Salí del teatro sabiendo que algo había cambiado. No había encontrado solamente una pasión o una actividad: había encontrado un lugar donde expresarme, concentrarme, poner el foco y apartarme, aunque fuera durante unas horas, de todo aquello que me había marcado en esa época.
Fueron pasando los años y yo continué avanzando y evolucionando en la danza española, el flamenco y el ballet. Sin embargo, mi cabeza seguía en aquel escenario donde había empezado todo. Yo quería estar allí. Quería ser la bailarina principal de una historia que sentía como mía.
Con dieciséis años, durante una de mis clases habituales de flamenco, uno de los grandes maestros que tuve en aquella época quiso hablar conmigo. Era un hombre que hablaba como los maestros antiguos, con una seguridad que no dejaba demasiado espacio para la duda. Para mí, sus palabras tenían un valor enorme. No eran una opinión cualquiera: eran las palabras de alguien a quien admiraba, respetaba y consideraba capaz de ver en mí aquello que yo todavía no sabía reconocer.
Después de aquella clase me habló muy seriamente. Me dijo qué clase de artista era yo y cuál era el lugar que me correspondía. No recuerdo si aquellas palabras pretendían limitarme, protegerme o simplemente dirigirme hacia el camino que él consideraba más adecuado para mí. Lo que sí recuerdo es que no las cuestioné.
Le creí.
Creí que él sabía quién era yo. Creí que su experiencia le permitía ver mi futuro con más claridad que yo. Creí que el lugar que había elegido para mí tenía más valor que el lugar con el que yo soñaba.
Con los años he comprendido que aquello no ocurrió únicamente porque yo fuera joven o porque admirara a mi maestro. Psicológicamente, tendemos a conceder mayor credibilidad a las palabras de quienes reconocemos como figuras de autoridad. Cuando alguien posee experiencia, prestigio o poder sobre nosotros, podemos recibir su opinión como si fuera una verdad. Y durante la adolescencia, cuando nuestra identidad todavía se está formando y buscamos referencias que nos ayuden a comprender quiénes somos, esa mirada puede adquirir todavía más fuerza.
Una frase pronunciada por una persona importante puede convertirse en una creencia. Después, sin darnos cuenta, empezamos a interpretar nuestras experiencias desde ella. Si algo no sale bien, pensamos que aquella persona tenía razón. Si nos sentimos incómodos, utilizamos esa incomodidad como una confirmación. Si dudamos, dejamos de preguntarnos qué queremos y comenzamos a preguntarnos qué esperan los demás de nosotros.
Así, una mirada ajena puede terminar convirtiéndose en nuestra propia voz.
Cuando subía a un tablao me sentía mal e incómoda. Durante mucho tiempo culpé a los nervios. Pensaba que todavía no estaba preparada o que necesitaba esforzarme más. Y, por supuesto, aparecía esa frase que tantas veces nos repetimos cuando algo no funciona: «No soy suficiente».
Pensamos que, si un lugar nos incomoda, es porque todavía no estamos a su altura. Rara vez nos preguntamos si quizá esa incomodidad intenta decirnos que ese lugar no nos pertenece. Yo interpretaba cada duda como una carencia personal, porque ya había aceptado la historia que alguien había escrito sobre mí. En lugar de escucharme, intentaba adaptarme.
Pero la realidad era mucho más sencilla: aquel no era mi lugar.
No porque el tablao tuviera menos valor. No porque el flamenco no hubiera sido importante en mi formación. Tampoco porque me faltara capacidad para estar allí. Simplemente, mi sueño era otro. Mi sueño era un teatro, unas castañuelas y un baile estilizado. Mi cuerpo estaba en un lugar, pero mi mirada seguía buscando aquel escenario que me había estremecido cuando tenía doce años.
Hoy echo la vista atrás y me pregunto cuánto poder entregamos a las personas que admiramos. Una mirada puede orientarnos, acompañarnos e incluso ayudarnos a descubrir capacidades que no sabíamos que teníamos. Pero también puede alejarnos de nosotros mismos cuando permitimos que decida quiénes somos y hasta dónde podemos llegar.
Quizá mi maestro no pretendió cambiar mi destino. Quizá simplemente expresó su visión, condicionada por su experiencia, por su época y por su propia manera de entender el arte. La cuestión no está únicamente en lo que él me dijo, sino en el lugar desde el que yo recibí sus palabras. Las recibí como una sentencia, no como una opinión. Y durante mucho tiempo viví intentando encajar en ellas.
A veces no abandonamos nuestros sueños de golpe. Los vamos dejando atrás poco a poco cada vez que damos más valor a una opinión ajena que a aquello que sentimos. Cada vez que alguien nos dice quiénes somos y nosotros dejamos de preguntárnoslo. Cada vez que confundimos experiencia con verdad absoluta y admiración con obediencia.
Pero nadie puede conocer por completo el lugar al que nuestra mirada es capaz de llevarnos.
Hoy no puedo cambiar lo que aquella adolescente creyó, pero sí puedo comprenderla. Necesitaba orientación, reconocimiento y la seguridad de alguien que parecía saber más que ella. No le faltó valentía; quizá le faltó aprender que también podía escuchar a sus maestros sin entregarles la dirección de su vida.
Porque admirar a alguien no significa permitirle decidir nuestro destino. Aprender de una persona no nos obliga a aceptar todos sus límites como propios. Y escuchar una opinión no debería impedirnos seguir escuchando esa voz interior que, aunque hable más bajo, conoce nuestros verdaderos deseos.
Por eso, cuando alguien te diga quién eres, pregúntate desde dónde te está mirando. ¿Te está viendo a ti o está viendo sus propias expectativas? ¿Te muestra una posibilidad o está cerrando todas las demás? ¿Sus palabras te ayudan a descubrirte o hacen que te alejes de lo que siempre quisiste?
Y, sobre todo:
Tal vez crecer también consista en revisar todo aquello que un día creímos sin cuestionar. En devolver a los demás las opiniones que les pertenecen y recuperar la mirada que un día dejamos en sus manos.
No dejemos que miradas ajenas decidan nuestro destino. Nuestra mirada puede llevarnos hasta donde queramos; la ajena, solo hasta donde otros nos permitan llegar.
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