Primer plano de un ojo fundido con una orilla al atardecer
Diario

Más allá
de la orilla.

“Habrá personas que conocerán tu orilla, pero muy pocas tendrán la curiosidad, la paciencia y el valor de descubrir el océano que habita en ti.”
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A menudo nos preguntamos por qué cuesta tanto encontrar una pareja sentimental con la que todo fluya, aun dentro de la complejidad que puede llegar a tener una relación, con sus desacuerdos, sus diferentes maneras de actuar y sus propios caracteres.

Veo constantemente debates sobre lo que quieren las mujeres, lo que quieren los hombres o, aún peor, sobre lo que supuestamente necesitan. Sin embargo, creo que cada ser humano llega a una relación con una historia distinta, una forma propia de amar y unas necesidades que no pueden resumirse en una respuesta general. Quizá intentar entender qué quiere un género u otro solo nos aleja de la pregunta que realmente importa: qué necesitamos cada uno para sentir que podemos compartir nuestra vida con alguien sin dejar de ser quienes somos.

Encontrar a una persona que te atraiga no suele ser demasiado difícil. Coincidir con alguien tampoco. Lo realmente difícil es conectar con alguien que quiera llegar a lo más profundo de ti; que tenga curiosidad por conocer tus pensamientos, tus sombras, tus contradicciones, tus locuras, tus debilidades y también tus fortalezas.

Para llegar hasta ese grado de conexión tiene que existir compromiso, lealtad, interés, paciencia y admiración. Cuando encuentras a alguien en quien puedes confiar y con quien puedes intimar de verdad, algo cambia. No porque desaparezcan las diferencias ni porque la relación se vuelva perfecta, sino porque dejas de sentir que tienes que esconder partes de ti para que el vínculo continúe.

Pero también creo que, para que alguien llegue a conocernos de verdad, tenemos que permitirle entrar.

No basta con desear una conexión profunda. También hay que tener el valor de mostrarse sin controlar continuamente lo que la otra persona va a pensar. Hay que atreverse a compartir aquello que normalmente protegemos: los miedos, las inseguridades, las heridas, las dudas y todas esas partes que quizá tememos que no sean comprendidas.

A veces esperamos encontrar a alguien capaz de mirar más allá de nuestra orilla, pero seguimos protegiendo todo aquello que vive dentro. Lo hacemos por miedo a no gustar, a no ser comprendidos o a que, después de conocernos de verdad, decida marcharse.

Desde mi mirada, el amor empieza precisamente ahí: en el momento en que te expones delante de alguien y te permites mostrar tu vulnerabilidad.

Y entonces observas.

No solo escuchas lo que esa persona dice. Observas cómo te sientes después de haber compartido una parte verdadera de ti. Observas si puedes respirar con más libertad, si te sientes acompañado, comprendido y respetado, o si empiezas a cuestionar tu valor y a esconder aquello que acabas de mostrar.

Creo que una relación puede enseñarnos mucho sobre nosotros mismos. Cuando compartir tu vulnerabilidad te ayuda a crecer, a confiar más en ti, a sentirte más libre y a descubrir una versión más auténtica de quien eres, quizá hayas encontrado un amor que merece ser cuidado.

Pero cuando mostrarte hace que empieces a sentirte más pequeño, menos importante o insuficiente, quizá sea necesario detenerse y mirar qué está ocurriendo.

Porque el amor no debería hacerte desaparecer.

No debería obligarte a reducirte para encajar ni convertir partes de ti en algo que tengas que ocultar para que la otra persona se quede.

Quizá la intimidad empieza cuando dejamos de intentar ser fáciles de querer y nos permitimos ser honestos. Cuando entendemos que conectar profundamente no significa estar siempre de acuerdo, sino poder mostrar quién eres sin sentir que cada diferencia pone en peligro el vínculo.

Y quizá esa clase de conexión sea difícil de encontrar porque necesita dos personas dispuestas a conocerse de verdad.

Dos personas que no solo quieran ser vistas, sino que también tengan curiosidad por mirar. Que sepan escuchar sin convertir inmediatamente la experiencia del otro en una explicación. Que puedan quedarse presentes incluso cuando aparece algo que no entienden del todo.

Porque conocer a alguien no consiste únicamente en saber qué le gusta, cuáles son sus planes o qué espera de una relación. También significa interesarse por la historia que hay detrás de sus decisiones, por aquello que le asusta, por la manera en que aprendió a protegerse y por todas las partes que todavía está intentando comprender de sí mismo.

A veces pienso que el mundo es inmenso y, aun así, insistimos en buscar siempre dentro de nuestra propia zona de confort. Esperamos encontrar algo diferente recorriendo una y otra vez el mismo camino, relacionándonos desde las mismas ideas y mirando únicamente hacia los lugares que ya conocemos.

Quizá solo necesitamos vivir un poco más a lo grande. Experimentar cosas nuevas, conocer otras culturas, visitar otros lugares, conversar con personas diferentes o, simplemente, atrevernos a cambiar el horizonte desde el que hemos mirado siempre.

No porque aquello que buscamos tenga que encontrarse necesariamente lejos, sino porque cada experiencia nueva amplía la manera en que comprendemos el amor y también las posibilidades que creemos tener.

Quizá la respuesta no sea buscar más, sino ampliar la vida desde la que estamos buscando.

Del Mediterráneo al Atlántico.

Porque habrá personas que conocerán tu orilla, pero muy pocas tendrán la curiosidad, la paciencia y el valor de descubrir el océano que habita en ti.
¿Qué buscas realmente en alguien cuando la atracción ya no es suficiente?

Los Diarios de La Mirada no buscan enseñar. Son memorias vivas: experiencias compartidas con honestidad para que, al leerlas, también puedas encontrarte.

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