Dos mujeres conversando en una cafetería
Diario

¿Me escuchas?
¿O esperas tu turno para hablar?

“A veces oímos todas las palabras, pero no escuchamos a la persona.”
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Hay conversaciones en las que, mientras una persona habla, la otra ya está pensando en lo que va a responder.

Espera a que termine, asiente, quizá incluso mantiene la mirada, pero no está entrando realmente en lo que le están contando. Está buscando en su propia vida una experiencia parecida, preparando un consejo o esperando el momento en el que pueda volver a hablar de sí misma.

Y yo me pregunto: ¿eso es escuchar?

Muchas veces he observado conversaciones entre personas que se consideran amigas. Una empieza explicando algo que le preocupa y, antes de que pueda terminar, la otra responde:

—Pues a mí me pasó algo parecido…

Y la conversación cambia de dirección.

Lo que una necesitaba contar queda suspendido mientras la otra ocupa el espacio con su propia historia. Puede que su intención sea acompañar. Puede que quiera demostrar que comprende lo que está escuchando. Sin embargo, sin darse cuenta, ha dejado de mirar a la persona que tenía delante para regresar a sí misma.

No creo que siempre lo hagamos por egoísmo. A veces utilizamos nuestras experiencias para acercarnos al otro. Buscamos algo conocido que nos permita comprender lo que está sintiendo. El problema aparece cuando nuestra historia deja de ser un puente y se convierte en el destino de la conversación.

También ocurre cuando alguien nos cuenta un problema e inmediatamente empezamos a buscar una solución.

—Yo en tu lugar haría esto.
—Lo que tienes que hacer es hablar con él.
—No deberías permitirlo.
—Tienes que pensar más en ti.

Quizá creemos que ayudar consiste en saber qué necesita hacer la otra persona. Como si escuchar fuera únicamente el paso previo a ofrecer una respuesta. Como si el valor de nuestra presencia dependiera de nuestra capacidad para resolver aquello que nos están contando.

Durante mucho tiempo yo también he relacionado ayudar con encontrar una explicación, una salida o una mirada diferente. Cuando alguien me habla, mi mente empieza a ordenar lo que escucho. Observo los gestos, las contradicciones, aquello que dice y aquello que parece no estar diciendo. Intento comprender lo que hay detrás.

Pero incluso una mirada acertada puede llegar demasiado pronto.

Porque quizá la otra persona todavía no necesita comprender nada. Quizá solamente necesita poder contar su historia entera sin que nadie la interrumpa, la interprete o la conduzca hacia un lugar al que todavía no está preparada para llegar.

A veces decimos «te escucho», pero lo que realmente estamos diciendo es: «Déjame ayudarte a verlo como yo lo veo».

Y no es lo mismo.

Escuchar a alguien no consiste únicamente en permanecer en silencio mientras habla. También implica dejar, durante unos minutos, nuestra propia mirada a un lado. No comparar inmediatamente. No decidir qué debería sentir. No utilizar lo que cuenta para confirmar lo que nosotros ya pensábamos.

Porque podemos oír todas las palabras y, aun así, no haber escuchado a la persona.

Hay momentos en los que alguien no busca consejo. Tampoco necesita que le recordemos que todo pasará, que podría ser peor o que nosotros hemos vivido algo parecido. Necesita comprobar que lo que siente puede existir delante de otra persona sin ser corregido.

Quizá por eso algunas conversaciones nos dejan más solas que antes de empezarlas.

Hemos hablado, pero no hemos sentido que alguien llegara hasta el lugar desde el que estábamos hablando. Nos han respondido a las palabras, aunque nadie se haya detenido en lo que intentábamos expresar con ellas.

Y otras veces somos nosotras quienes hacemos eso.

Escuchamos una historia desde nuestros miedos, nuestras heridas, nuestras experiencias y nuestras certezas. Creemos comprender porque reconocemos una emoción parecida, pero olvidamos que una experiencia semejante no significa una vivencia idéntica.

Dos personas pueden atravesar la misma situación y vivirla desde lugares completamente distintos.

Por eso, cuando decimos «sé perfectamente cómo te sientes», quizá estamos cerrando una puerta. Podemos imaginarlo. Podemos acercarnos. Podemos reconocer algo que también existe en nosotras. Pero nunca sabemos del todo qué significado tiene una experiencia dentro de la historia de otra persona.

Escuchar tal vez empiece precisamente ahí: aceptando que no lo sabemos.

Preguntando antes de interpretar.

Quedándonos un poco más de tiempo en lo que la otra persona acaba de decir, aunque no tengamos una respuesta preparada. Permitiendo que aparezca un silencio sin sentir la necesidad de llenarlo.

No todos los silencios son incómodos. Algunos son el espacio que una persona necesita para atreverse a decir lo que todavía no ha podido nombrar.

Sin embargo, escuchar así no siempre es fácil.

La historia del otro puede despertarnos algo propio. Puede incomodarnos, hacernos sentir responsables o colocarnos delante de una emoción que no sabemos sostener. Entonces damos un consejo, cambiamos de tema o contamos nuestra experiencia. No necesariamente porque no nos importe, sino porque regresar a nosotras mismas resulta más conocido que permanecer en aquello que está sintiendo la persona que tenemos delante.

Puede que, en algunas conversaciones, no estemos esperando nuestro turno para hablar.

Puede que estemos esperando nuestro turno para escapar de lo que acabamos de escuchar.

También me pregunto cuántas veces decimos que queremos ser escuchadas cuando, en realidad, buscamos que alguien confirme nuestra interpretación. Queremos contar lo ocurrido, pero esperamos una respuesta determinada. Si la otra persona cuestiona nuestra mirada, sentimos que no nos ha comprendido.

¿Escuchar significa darnos la razón?

Creo que no.

Una persona puede escucharnos profundamente y no estar de acuerdo con nosotras. Puede comprender de dónde nace nuestra reacción sin convertirla en la única verdad posible. Puede validar lo que sentimos sin justificar todo lo que hicimos desde esa emoción.

Quizá ahí se encuentra una de las formas más honestas de escucha: acompañar la experiencia de alguien sin apropiarnos de ella, sin corregirla y sin tener que convertirla en nuestra verdad.

No sé si sabemos escuchar de esa manera. Yo tampoco sé si lo hago siempre.

Sé que me interesa comprender a las personas. Sé que observo mucho y que, cuando alguien me importa, intento encontrar palabras que puedan ayudarle. Pero ahora también me pregunto si, algunas veces, mi necesidad de aportar una mirada me ha impedido quedarme un poco más en la suya.

Quizá escuchar no consista en demostrar cuánto comprendemos.

Quizá consista en hacerle sentir a la otra persona que, mientras habla, no tiene que competir con nuestra historia, defender su emoción ni apresurarse para llegar a una conclusión.

Tal vez la próxima vez que alguien nos cuente algo no necesitemos preguntarnos inmediatamente qué podemos responder.

Tal vez antes podríamos preguntarnos:

¿Estoy intentando comprender lo que esta persona necesita expresar o solamente estoy esperando encontrar el momento de volver a hablar de mí?

Los Diarios de La Mirada no buscan enseñar. Son memorias vivas: experiencias compartidas con honestidad para que, al leerlas, también puedas encontrarte.

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