Mujer mirando hacia un paisaje en una escena cálida e introspectiva
Diario

ME LA SUDA,
ojalá fuera verdad.

“A veces decimos ‘me da igual’ cuando, en realidad, lo que queremos decir es que todavía nos importa.”
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Qué curioso es ver a alguien diciendo “me la suda” mientras su cuerpo empieza a acelerarse, la voz sube, los gestos se tensan y todo en su lenguaje corporal deja al descubierto la frustración, la rabia o la impotencia que supuestamente ya no siente.

Porque a veces decimos “me da igual” cuando, en realidad, lo que queremos decir es: me duele demasiado admitir que todavía me importa.

Es difícil aceptar que algo sigue dentro. Que una persona, una situación, una palabra o un recuerdo todavía tiene la capacidad de movernos por dentro. Nos queremos hacer los fuertes. Queremos demostrar al mundo que ya lo hemos superado, que hemos pasado página, que estamos por encima, que nada nos afecta.

Pero el cuerpo no miente tan bien como la mente.

La mente puede inventar discursos. Puede decir “ya está”, “no me importa”, “yo ya pasé de eso”. Puede construir una versión de nosotros más elegante, más fuerte, más madura, más indiferente.

Pero el cuerpo responde.

Se contrae. Se defiende. Se calienta. Se acelera. Cambia la mirada. Cambia el tono. Cambia la respiración.

Y ahí es donde aparece la verdad.

Porque cuando algo realmente deja de importarte, no necesitas demostrar que no te importa. No necesitas repetirlo. No necesitas convencer a nadie. Ni siquiera necesitas convencerte a ti.

Simplemente hay paz.

Puedes recordar sin arder.
Puedes hablar sin justificarte.
Puedes escuchar el nombre de esa persona sin que algo dentro de ti se prepare para la guerra.
Puedes mirar atrás sin sentir que tienes que ganar una batalla que ya terminó.

Pero mientras haya rabia, quizá no sea indiferencia. Mientras haya necesidad de demostrar, quizá todavía haya herida. Mientras haya reacción, quizá todavía haya algo pidiendo ser mirado.

Y esto no significa que esté mal.

A veces necesitamos decir “me la suda” para no rompernos delante de los demás. A veces esa frase es una coraza. Una manera rápida de recuperar dignidad cuando sentimos que algo nos ha tocado demasiado. Una forma de poner distancia cuando aún no sabemos poner palabras.

Quizá no siempre es mentira. Quizá a veces es una etapa.

Primero dices “me la suda” con rabia.

Después lo dices con cansancio.

Más tarde, empiezas a decirlo menos.

Y un día, sin darte cuenta, ya no necesitas decirlo.

No porque hayas ganado.
No porque la otra persona haya entendido.
No porque todo haya quedado resuelto.

Sino porque algo dentro de ti dejó de vivir allí.

Porque sanar no siempre es perdonar. No siempre es comprender. No siempre es mirar con amor aquello que un día te rompió.

A veces sanar es mucho más simple.

Es dejar de reaccionar.
Es dejar de explicarte.
Es dejar de necesitar que el otro entienda lo que hizo.
Es dejar de usar energía en demostrar que ya no duele.

Quizá el verdadero “me la suda” no se dice gritando. Quizá ni siquiera se dice.

Quizá se nota en la calma.

En la forma en que ya no buscas pruebas. En la forma en que ya no necesitas ganar. En la forma en que tu cuerpo deja de prepararse para defenderse cada vez que aparece el recuerdo.

Porque cuando algo de verdad deja de afectarte, no necesitas levantar un muro.

Simplemente ya no vives ahí.

Y tal vez por eso, cada vez que alguien dice “me la suda” con demasiada fuerza, me pregunto si no estará diciendo justo lo contrario.

Si detrás de esa frase no habrá una parte suya intentando sostenerse. Una parte dolida. Una parte cansada. Una parte que todavía no puede decir: me importa, me dolió, me afectó, y aún no sé qué hacer con todo esto.

Quizá el problema no es que algo nos importe.

Quizá el problema es creer que sentir todavía algo nos hace débiles.

Pero no nos hace débiles. Nos hace humanos.

Y quizá la verdadera libertad no llega cuando fingimos que algo nos da igual.

Llega cuando podemos mirarlo de frente y decirnos la verdad:

No me la suda todavía.
Pero algún día, quizá, ya no necesitaré decirlo.

Los Diarios de La Mirada no buscan enseñar. Son memorias vivas: experiencias compartidas con honestidad para que, al leerlas, también puedas encontrarte.

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