Imagen editorial de La Mirada para el diario No conviertas tu verdad en la mía
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No conviertas tu verdad en la mía.

“No necesito que me des una orden. Necesito que respetes mi inteligencia.”
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Cada vez que entro en una red social, alguien parece dispuesto a explicarme cómo debería vivir.

Qué tendría que dejar de permitir. Cómo debería reaccionar. Qué personas tendría que apartar de mi vida. Qué parte de mí tendría que sanar. Cómo debería sentir, pensar, hablar o comportarme.

Todo se ha llenado de instrucciones.

Haz esto. Deja de hacer aquello. Si alguien actúa así, significa esto. Si todavía no has conseguido lo que deseas, es porque no has trabajado lo suficiente en ti.

Y cada vez me resulta más difícil escuchar ese tono sin sentir rechazo.

No porque crea que no podamos aprender de los demás. Escuchar otras experiencias puede abrirnos caminos, ayudarnos a comprender y poner palabras donde antes solo había confusión.

Lo que me incomoda es otra cosa.

Es esa forma de convertir una vivencia personal en una verdad universal. Esa necesidad de hablar desde un lugar de superioridad, como si la persona que escucha no tuviera criterio, memoria, intuición ni capacidad para comprender su propia vida.

Como si alguien pudiera observarnos durante treinta segundos y saber quiénes somos. Como si una frase pudiera explicar todos nuestros silencios. Como si una teoría pudiera ordenar la complejidad de una historia que nadie más ha vivido desde dentro.

Me cuesta aceptar esa manera de simplificarnos.

Porque ninguna persona llega a una decisión desde el mismo lugar.

No todas las personas aman igual. No todas sienten el miedo de la misma forma. No todas necesitan alejarse, insistir, perdonar, soltar o empezar de nuevo en el mismo momento.

Lo que a una persona la libera, a otra puede herirla. Lo que alguien considera un error puede ser, para otra persona, una experiencia necesaria. Y aquello que desde fuera parece evidente puede estar lleno de matices que solo conoce quien ha tenido que sostenerlo.

No quiero vivir rodeada de voces que pretendan decirme quién debo ser.

Quiero encontrar palabras que me hagan pensar. Miradas que no intenten sustituir la mía, sino ensancharla. Experiencias que pueda escuchar sin sentir que debo obedecerlas.

No necesito que me den una orden. Necesito que respeten mi inteligencia. Mi derecho a dudar. A hacerme preguntas. A cambiar de opinión. A equivocarme. A tomar una decisión distinta a la que otra persona habría tomado en mi lugar.

Puedes contarme lo que viviste. Puedes compartir conmigo lo que comprendiste. Puedes mostrarme aquello que tú no viste hasta mucho tiempo después.

Pero no conviertas tu experiencia en una norma para mi vida.

No me digas quién tengo que ser. Háblame desde tu verdad. Y déjame decidir qué hago yo con ella.

Porque no quiero convencerte de nada. No quiero dirigirte, corregirte ni enseñarte cuál es el camino correcto.

Lo que intento hacer desde La Mirada es únicamente ofrecerte otra perspectiva. Poner palabras. Abrir preguntas. Mostrar matices que quizá todavía no habías contemplado.

No para reemplazar tu criterio, sino para que puedas mirar con más amplitud aquello que ya estaba dentro de ti.

La Mirada no nace para decirte cómo vivir. Nace, simplemente, para ampliar la mirada.

Los Diarios de La Mirada no buscan enseñar. Son memorias vivas: experiencias compartidas con honestidad para que, al leerlas, también puedas encontrarte.

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